Las Casitas
Cuando todo el mundo aspira a mirar a los demás por encima del hombro
La desigualdad es un negocio, estar un peldaño por encima de los demás se ha convertido en un objetivo aspiracional primordial. No sé si Maslow incluyó eso en su famosa pirámide. La Casita de Bad Bunny, un lugar al que se supone que ni el dinero da acceso —aunque las imágenes muestren lo contrario—, es una buena representación gráfica. Al fin y al cabo, es Benito el que canta que se va a llevar a todas a un V.I.P.
Sucede hasta con el Papa. Para la Iglesia, todos somos hijos de Dios, pero los patrocinadores lo son más porque de ellos son los reservados más exclusivos para poder ver al sucesor de Pedro en sus comparecencias públicas. Los sitios a la derecha y a la izquierda de este padre terrenal ya están ocupados, al menos en Madrid.
Por cerca de 300 euros puedes asistir desde un lugar relativamente privilegiado a casi todos los conciertos masivos. Ahí lo importante no es la música, en el escenario puede estar La Oreja de Van Gogh desafinando, lo relevante es poder contar que fuiste a la zona VIP. Eso es lo que justifica realmente el precio. Poca gente va al Máster de tenis de Madrid a ver cómo juegan al tenis, la única vez que fui apenas vi 10 minutos de un partido.
A todos, sin excepción, nos gusta disfrutar como si fuéramos ricos, podamos o no permitírnoslo, eso es así, no somos tan tontos. Si es gratis, ya ni te cuento. Lo que estamos descubriendo es que, en los grandes espectáculos, el hecho de estar por encima de los demás atrae más que el evento en sí, por eso se comercializa ya en grandes cantidades. No hay más que ver la cantidad de palcos que hay en el Bernabéu (5.000 asientos VIP, chúpate esa).
En los festivales de… ¿música? veraniegos esto es más marcado aún. En los reservados ven los conciertos de lejos y los escuchan mal, pero tienen acceso directo al baño y a la barra y una vista privilegiada de la plebe que se amontona al sol torturada en colas eternas para poder beber, evacuar o hacerse un selfi. El sufrimiento de los de la entrada de 100 euros es el espectáculo que gusta ver a los que han pagado 400.
En esto los periodistas hemos sido los conejillos de indias. Durante años hemos pisado gratis zonas exclusivas y barras libres en actos que, personalmente, nos la traían al pairo, pero eran trabajo. Muchos se han acabado creyendo seres superiores por habitar estos sitios. Ahora son contertulios o plastas en Twitter. En los reservados su puesto lo están ocupando influencers, el gran reemplazo.
Cuando era un adolescente, soñaba con poder ver en directo a los grupos que más me gustaban. Solo ir era ya un privilegio, pero eso a estas alturas del siglo XXI es absolutamente insuficiente. Ahora hasta los niños tienen claro que quieren ir a una zona VIP, de lo que sea. La desigualdad no es que se haya normalizado, es que es aspiracional.

